El extranjero en la Escritura

Carlo Mª Martini

 

 

Esta conferencia fue pronunciada por el cardenal Martín, arzobispo emérito de Milán, en el congreso “Integrazione e integralismo. La via del dialogo è posibile?” organizado por el colectivo Decanato di Cesano Maderno el 19 de enero del año 2000. Ha sido traducida al castellano por Enrique Sanz y publicada en Sal Terrae, Los inmigrantes en España. ¿Qué acogida? ¿Qué integración, mayo 2001, Tomo 89/5 (n.1045), pp. 419-426. Aconsejamos vivamente la lectura de este número de la revista de teología pastoral de la Universidad de Comillas.

 

 

Se me ha pedido que ilustre ante todo la figura del extranjero en la Biblia: ¿qué raíces bíblicas, cuales de nuestras raíces espirituales religiosas y culturales nos permiten traspasar el miedo y la emotividad ante la presencia de extranjeros?

Mi presentación tiene tres partes. En primer lugar, recordaré brevemente los datos del Antiguo Testamento sobre la figura del extranjero. En segundo lugar, los principios teológicos del Nuevo Testamento sobre la acogida del extranjero, haré, pues, referencia a las dificultades y a la graduación de un camino de integración. Por último, me gustaría volver a plantearme la pregunta sobre la evangelización, hecha al inicio por el que ha presentado el encuentro de la tarde: ante el hecho de estar delante de otras culturas y religiones, ¿cuánto conservamos aún de la fuerza evangelizadora de los primeros cristianos?

1. Datos de la Biblia sobre la figura del extranjero

Como premisa, debe recordarse que Israel, el pueblo hebreo, vive en Palestina a partir, más o menos, del año 1200 a. C., en un ambiente geográfico y geopolítico caracterizado por muchos desplazamientos de pueblos, éxodos y migraciones frecuentes. Palestina es, de hecho, un lugar de paso: como un pasillo entre Egipto y los grandes reinos en torno a Éufrates (Babilonia y Asiria), por donde transitan continuamente caravanas y ejércitos extranjeros.

Es, pues, un lugar en el que la experiencia del extranjero es un hecho común; ello explica la importancia que posee nuestro tema de modo particular en la Biblia hebrea, en el primer Testamento. Por otra parte, el mismo Israel es un pueblo que ha vivido una larga y dolorosa experiencia de emigración y exilio. Ha vivido como extranjero durante 400 años en Egipto. Muchos israelitas fueron deportados a Babilonia después de la caída de Jerusalén (586 a. C).

Debido a todas estas causas, Israel ha desarrollado una concepción variada y articulada del fenómeno del extranjero que aparece expresada también en su vocabulario. Tres son, al menos, los términos principales de la Biblia hebrea para indicar al “extranjero” y “forastero”; tres términos en los que se puede leer algo de la experiencia padecida y dinámica de Israel y del camino de la revelación en el corazón de este pueblo (de alguna manera nos sugieren también a nosotros una dinámica, un camino): el extranjero lejano (zar), el extranjero de paso (nokri), el extranjero residente o integrado (gher o toshav).

1.         La palabra hebrea zar significa el extranjero que habita fuera de los confines de Israel, aquel que es totalmente extraño para el pueblo. A esta figura se le da un sentido de temor, de extrañeza, de miedo y de enemistad. El miedo al extranjero tiene, pues, raíces muy profundas en el corazón humano, y aparece documentado en la Escritura. Hay un juego de palabras en hebreo que permite confundir zar (extranjero) con sar (el enemigo del que nos debemos defender). Un juego de palabras que hace comprender cómo Israel se sentía pueblo pequeño y débil, rodeado por pueblos potentes que acechaban su soberanía. De ahí el miedo y el sentido de extrañeza con respecto a los pueblos vecinos agresivos y prepotentes. Entre los muchos textos posibles, cito a Isaías, en el texto en que manifiesta su compasión por los sufrimientos de su gente: “vuestro país está arrasado, vuestras ciudades incendiadas, vuestras tierras las devoran extranjeros ante vuestros propios ojos” (1,7). Está claro que “extranjeros” significa “enemigos” temibles.

Esta consideración más o menos negativa de los pueblos extranjeros evoluciona con características más positivas, particularmente desde el momento del exilio en Babilonia (hacia el siglo VI a. C.); es un momento en el que surge la reflexión de que el exilio no ha significado que el Dios de Israel haya sido derrotado por los ídolos, por dioses más poderosos, de los que se enorgullecen los demás pueblos. Al contrario, el exilio ayuda a hacerse más conscientes de la elección de los hijos de Israel; señala cuánto ama Dios a su pueblo y cómo lo confiere una misión de las naciones extranjeras. Paradójicamente, la derrota ayuda a percibir la misión hacia los extranjeros.

Recuerdo un pasaje de Isaías que se refiere al pueblo que está en el exilio: “te formé e hice de ti alianza del pueblo y luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, sacar de la cárcel a los cautivos” (42,6). Y en 49,6: “te convierto en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los confines de la tierra”. El extranjero ya no es únicamente un enemigo temible, sino que es un pueblo al que hay que dar luz; el miedo al pueblo queda reducido, y se deja paso al sentido de misión. Notamos que una conciencia parecida aparece también en el Nuevo Testamento, por ejemplo en las palabras de Zacarías en el templo: el niño Jesús es declarado “luz para iluminar las naciones y gloria de su pueblo Israel”. Son palabras que reproducen la cita de Isaías, señalan la superación del miedo al extranjero y orientan a la conciencia de la misión en medio de él.

2.         El segundo término, nokri, se utiliza en referencia al extranjero que está de paso, el que no está estable, aquél que se encuentra de momento en medio del pueblo por motivos de viaje, de comercio (un tipo de “ambulante”).

Se marcan algunas distancias respecto al nokri que denotan todavía una separación, pero ya no un miedo. Un texto del Deuteronomio presenta una lista de animales puros e impuros (incluye las distinciones legales) y dice, entre otras cosas: “no comeréis ninguna bestia muerta; la podrás dar al extranjero, que mora en tus ciudades, y él podrá comerla, o véndela a un extraño, pues tú eres un pueblo santo para Yahveh tu Dios” (14,21). Se mantiene una cierta distancia con respecto a los que no están estables; al mismo tiempo, se hacen concesiones. De todas formas, la hospitalidad es la regla fundamental (típica de la tradición de Oriente), hospitalidad que incluye respeto y buena acogida. El que entre nosotros haya tenido la ocasión de acercarse a las tiendas de los beduinos en los márgenes del desierto conoce esta hospitalidad, esta acogida gozosa.

Cito a propósito el ejemplo de Abrahán, que acoge a tres ángeles, extraños para él, que no son miembros de su pueblo, y se pone a su servicio preparándoles un espléndido banquete: “Abrahán estaba sentado a la entrada de la tienda en el momento más caluroso del día” (cuando se tienen ganas de dormir, de darse al sueño). “Levantó los ojos y vio que había tres hombres de pie junto a él. En cuanto los vio, corrió hacia ellos desde la entrada de la tienda y se postró en tierra diciendo: “Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, no pases de largo sin pararte delante de tu siervo. Tráigase un poco de agua, lavaos los pies y recostaos bajo el árbol” (Gn 18, 1-4), y mandó preparar unas tortas y un ternero tierno y bueno. Es una hermosa descripción de la acogida que se reserva para los extranjeros que están de paso, para los huéspedes.

3.         La tercera palabra es gher o toshav y se emplea para el extranjero residente, aquél que, siendo extranjero de origen y no perteneciendo al pueblo hebreo por nacimiento, reside en Israel durante más tiempo de manera estable. Esta figura goza de una auténtica protección jurídica, como aparece ya en los textos legislativos más antiguos: “no molestarás al extranjero ni le oprimirás, pues extranjeros fuisteis vosotros en el país de Egipto” (Ex. 22,20). Es un texto en el que se encuentra una raíz más profunda de la acogida al extranjero: la razón, el motivo del respeto, se basa también en la experiencia de emigrante vivida y sufrida por el pueblo elegido; se invita al pueblo a recordar los sufrimientos padecidos. Justamente porque has sido forastero en tierra extranjera y porque has visto lo dura que es dicha condición, intenta tener comprensión y misericordia hacia aquellos que repiten esta experiencia en tu nación.

Con el pasar de los siglos, con la maduración religiosa que se dio en el exilio, es decir, en la purificación y el sufrimiento, y también con la evolución de las leyes  y de las costumbres, se insertará cada vez más al gher en la comunidad religiosa. Así se lee en Dt. 10,18-19: “el Señor hace justicia al huérfano y a la viuda; ama al forastero y le da pan y vestido. Amad, pues, al forastero”. Se ve el amor al forastero como imitación del propio Dios. Se da un paralelo entre la concepción que de Dios tiene el pueblo y la concepción del extranjero. Si Dios ama a los débiles (el huérfano, la viuda, el extranjero), también nosotros debemos amarlos.

2. Principios teológicos de la acogida al extranjero en el Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento supone un paso más, y un paso decisivo, con respecto a la relación con el extranjero. La presentación del tema sería muy amplia y, queriendo resumir con brevedad las motivaciones que fundan el Nuevo Testamento el comportamiento cristiano con respecto al forastero, las expreso así: una motivación cristológica, una motivación carismática y una motivación escatológica.

1.         La motivación cristológica aparece recordada por Mateo 25 (la escena del juicio final), donde Jesús proclama que quien acoge al forastero le acoge a él: “fui forastero y me hospedasteis... Cada vez que hicisteis esto a uno solo de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Se afirma mucho más de lo que afirma el texto del Deuteronomio (Dios ama al forastero, y tú debes imitarlo). La acogida del extranjero no es una simple obra buena que será recompensada por el propio Dios, sino que es la ocasión para vivir una relación personal con Jesús. Me viene a la mente la madre Teresa de Calcuta, que ha repetido infinitas veces las palabras “a mí me lo hicisteis”, haciendo de ellas el núcleo de toda su misión. Ciertamente es una palabra clave sobre la relación con el prójimo y también con el extranjero.

2.         La segunda motivación, que llama carismática, se fundamenta en el primado de la caridad. Pablo enseña en 1 Cor. 12,31: “aspirad a los dones mejores”; y en el capítulo 13 afirma que la caridad es el mejor don. Una de las expresiones del amor (el amor es la ley fundamental del cristiano) es la acogida al extranjero. “Amad a tu prójimo como a ti mismo”, responde Jesús al que le pregunta cuál es el primero de los mandamientos (cf. Mc. 12,31). En Mt. 7,12, Jesús resume la ley y los profetas en la llamada regla de oro: “todo lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos”. La caridad, don superior a cualquier otro, se ejerce  con todos; también, pues, con el extranjero, tal como lo subraya la parábola del buen samaritano. Éste, considerado extranjero por el pueblo hebreo, no dudó en socorrer a un hebreo herido que estaba al borde del camino; superó las barreras raciales y religiosas y “se hizo prójimo” (cf. Lc. 10,36); vivió el don de la caridad. 

3.         La tercera motivación presente en algunos pasajes del Nuevo Testamento tiene carácter escatológico; se refiere a lo último, al destino del hombre a la vida eterna. En este esquema, todos los creyentes en Cristo son peregrinos y extranjeros en este mundo: “no poseemos en la tierra una ciudad estable, sino que buscamos la futura” (Heb. 13,14; cf. Heb. 11,10-16).

Así pues, dado que el recuerdo de haber sido emigrantes y forasteros en Egipto constituía para los israelitas una llamada a la hospitalidad para con los extranjeros, a mostrar compasión y solidaridad con quienes participaban de la misma suerte, así también los cristianos, sintiéndose peregrinos en esta tierra, son invitados a comprender los sufrimientos y las necesidades de los que son extranjeros y peregrinos de la patria terrena. Un cristiano de los primeros siglos describía de manera preciosa el carácter de “peregrino” característico del cristiano: “los cristianos habitan su propia patria, participan en todo como ciudadano y aguantan todo como extranjeros. Todo lugar en el extranjero es su propia patria, y toda patria es tierra extranjera” (Carta a Diogneto). Y ello, no porque los cristianos no se interesen por la ciudad terrena, sino porque saben que están en camino hacia la ciudad que el propio Dios nos está preparando.

Ciertamente, la Biblia nos pone ante un gran mensaje, que queda lejos de nuestros comportamientos y nuestras capacidades. Nos hace comprender que la muerte de Jesús en la cruz elimina cualquier frontera y nos hace miembros de una humanidad que encuentra su unidad en Cristo. Y el Espíritu del Resucitado suscita en todo creyente el don de la acogida. Debemos sentir que, empujados por esta fuerza, podemos abrirnos al descubrimiento de Cristo en el extranjero que llama a nuestra puerta. Tenemos muchos motivos, humanos y legales, para acoger al extranjero. Quizá pensamos poco en dichos motivos, que son ciertamente muy exigentes y radicales.

3. Las dificultades y la gradación de un camino de integración

Queremos, pues, preguntarnos: ¿en qué contexto se nos dirige el mensaje bíblico?; ¿qué reacciones y qué resistencias suscita en nosotros?

Ciertamente, me parece que el asunto de los extranjeros hoy (en Italia y en Europa) no es sólo delicado y difícil, sino que es también un signo de los tiempos; y es al mismo tiempo un signo de contradicción.

La actitud más o menos hospitalarias de los europeos, particularmente los cristianos, con respecto a los extranjeros posee, debido a las opciones globales que implica, una relevancia especial y constituye probablemente un hito decisivo para nuestra cultura y nuestra historia. Me limito a hacer algunas reflexiones de carácter general.

Con respecto a la situación, hay que señalar que, a pesar de todos los pasos que se han dado, la presencia de los extranjeros entre nosotros no ha sido todavía bien asimilada y ni siquiera bien tolerada. Se dan reacciones negativas comprensibles, debidas a momentos particularmente dramáticos. Por ejemplo, cuando los extranjeros cometen un delito. En estos casos son justificables el horror y el rechazo; también es más que legítima la pregunta por la legalidad y la defensa del orden público. Pero, más allá de estas circunstancias, sigue habiendo en la gente un temor y una falta de confianza hacia los extranjeros.

Con respecto al escenario de fondo, hay que decir que, por una serie de factores que conocemos, estamos ante un nuevo y amplio proceso de mezcla de las personas. En Europa y en América del Norte se vive una de las épocas de bienestar y de democracia más grandes de la historia. En consecuencia, el Sur del mundo, pobre y a menudo poco desarrollado de estos países en su propia tierra, de modo que cada persona pudiera encontrar alimento, trabajo y libertad en su propia casa. A nivel internacional conviene, en verdad, tender hacia el desarrollo y la promoción del Sur. No es ésta, sin embargo, una solución posible a corto plazo, debido a razones políticas y socioeconómicas que no es posible desarrollar en este lugar.

¿Cuál es, pues, la evolución previsible de la situación actual, particularmente para los extranjeros no comunitarios que tienen mayores dificultades de integración? A este respecto, se ha hablado mucho en los últimos meses del islam y de las mayores o menores posibilidades que tiene de integrarse en nuestra cultura y tradiciones. En mi opinión, nos encontramos ante tres hipótesis posibles: secularización, integralismo e integración.

La hipótesis de la secularización u homogeneidad de los que llegan: aceptan la modernidad europea, con su escepticismo, su individualismo y su indiferentismo, abandonan poco a poco sus tradiciones originales y se mezclan con el ambiente circundante.

La hipótesis contraria: constituirse en guetos, lugares de no apertura y resistencia, en los que se conserven con rigidez las tradiciones y la conciencia del ser extraño; éstos son vistos quizá desde la perspectiva “médica” de la conquista progresiva del territorio, gracias especialmente al aumento de la natalidad.

Una tercera hipótesis posible es la integración gradual y progresiva, en el respeto de la identidad y en el cuadro de la legalidad y la cultura del país que acoge.

No sabemos cuál de estas hipótesis se realizará; también depende mucho de nosotros. Sin embargo, me parece que la tercera hipótesis (integración gradual y progresiva en el respeto de la identidad y en el cuadro de la legalidad y la cultura del país que acoge) es la única aceptable. Es una posibilidad difícil, en la que hay que actuar no sólo en el ámbito de la superación de los miedos, no sólo en el ámbito de la legalidad, sino con una pedagogía que se centre sobre todo en los hijos de los inmigrantes, niños y jóvenes, ya que pueden adaptarse más fácilmente a las situaciones que viven. Es un bien para ellos poder integrarse con tranquilidad en el ambiente en el que cada día aprenden a vivir. Naturalmente, no pedimos que renuncien a las características civiles y morales que les caracterizan, sino que sean respetuosos con la cultura del país que les acoge. Pedimos, pues –exigimos, más bien -, el respeto de las leyes propias del país.

4. La pregunta más específicamente religiosa

Sigue en pie la pregunta más específicamente religiosa, lanzada al comienzo de nuestra reunión, relativa al mandato de Jesús: “id y predicad el evangelio”. Ante el hecho de estar delante de otras culturas y religiones, ¿cuánto conservamos aún de la fuerza evangelizadora de los primeros cristianos?

Hay que articular la respuesta progresivamente.

Están, de hecho, los inmigrantes cristianos (casi la mitad), una parte católicos, otra parte ortodoxos, que están siendo ya una inyección de vitalidad y generosidad en nuestras parroquias y en sus lugares de culto; basta participar en una de sus fiestas para darse cuenta de ello. Los coptos ortodoxos de origen egipcio, presentes en gran número en Milán, me invitan cada año durante la fiesta de Navidad. La tarde del 6 de enero celebran la Navidad, y es impresionante ver cómo rezan con intensidad tantos jóvenes, mujeres, hombres y niños. Añado además que, a pesar de ser ortodoxos, me reciben en la puerta de la iglesia con reverencias y danzas, para conducirme después al altar mayor, donde el obispo que preside me saluda con expresiones llenas de afecto. Es una realidad de inmigración que nos ayuda gracias a un testimonio cristiano enorme. Pienso también en algunas celebraciones vividas con la comunidad filipina, muy fervorosa, profundamente católica, y en celebraciones solemnísimas de la comunidad latinoamericana (por ejemplo, los peruanos).

La pregunta por la evangelización no se refiere, pues, al extranjero en general, sino más bien a los cristianos, especialmente al islam. Para responder a ella, recuerdo sobre todo la palabra de san Pablo: “¡ay de mí, si no evangelizo!” (1 Cor. 9,16). El cristiano está llamado a testimoniar siempre su fe a cualquiera y en cualquier situación; eso sí, teniendo en cuenta la diversidad de las situaciones y la multiplicidad de los modos de actuar. Por eso es necesario evangelizar con el evangelio de la caridad, de la acogida, y también con el Evangelio de la paciencia. Es el primer testimonio que hace presente al Dios al que amamos. Viene después la evangelización que se hace con el Evangelio de la vida: vivir con honestidad, con sinceridad, con transparencia en las relaciones laborales, con acogida y con confianza mutua.

Finalmente, el Evangelio de la palabra, que puede ser particularmente difícil de anunciar en determinadas circunstancias. Será necesario comenzar eliminando los prejuicios, aclarando las ideas equivocadas, creciendo en el conocimiento recíproco. No debemos dejar nunca de proponer la verdad en la que creemos y que amamos del modo más adecuado para las situaciones concretas, es decir, en los tiempos y modos oportunos.

5. Conclusión

Concluyo haciendo una referencia al relato de Lucas de los diez leprosos curados por Jesús; sólo uno, el extranjero, vuelve adonde Jesús para agradecerle lo recibido. Jesús, sorprendido y molesto, pregunta: “¿no quedaron limpios los diez? Y los otros nueve, ¿dónde están? ¿No se encontró quien volviese a dar gloria a Dios, a no ser este extranjero?” (17,17-18).

Nosotros estamos con frecuencia entre los nueve que no saben agradecer, que no saben apreciar el don de la fe, porque lo consideran casi obvio y lo dan casi por descontado. Éstos han perdido, pues, algo de la fuerza evangelizadora de los primeros cristianos.

La presencia creciente de extranjeros en nuestro país es realmente una ocasión providencial para volver a Jesús, para poner los ojos en nuestro origen, en nuestro bautismo, en el don de la fe. Si nos dejamos invadir por la gratitud ante tanto don y lo consideremos hermoso y capaz de entusiasmarnos, será más fácil hacerlo comprensible y transmitirlo a otros. Espero que éste sea también el fruto de vuestro trabajo.