LAS MIGRACIONES EN NUESTRA DIÓCESIS

 REFLEXIÓN PASTORAL

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal de Asuntos Sociales

 

En la sesión del  Consejo Diocesano de Pastoral -del que entonces muchos de los que estáis hoy presentes no formabais parte-,  celebrada el día 26 de Enero del 2002,  expuse una primera  reflexión sobre este tema de la inmigración,  titulada “El reto de la inmigración a la pastoral de la Iglesia Diocesana de Almería”. Hoy, de nuevo, en este mismo organismo diocesano, a petición de nuestro Obispo, volvemos a insistir en este tema que nos preocupa y ya, de algún modo, nos ocupa en nuestra tarea pastoral, para aportar algunos nuevos elementos a la reflexión que, como es natural, creo necesarios, dado el hecho de que el propio dinamismo de la vida y de los acontecimientos, nos va planteando nuevos retos y nuevos motivos para un discernimiento constate de nuestro quehacer evangelizador.

He querido empezar recordando este hecho, para que todos tengamos claro que no empezamos, ni podemos empezar, “de cero” en nuestra misión eclesial de cara a esa, ya no tan nueva, realidad de la llegada de inmigrantes a nuestra tierra, que todos estamos percibiendo y que a todos nos está interrogando en nuestro quehacer pastoral.

En el nº 35 de  nuestro Plan Pastoral Diocesano”Caminar desde Cristo”, nuestro Obispo, después de alabar la encomiable labor que realizan Cáritas Diocesana y las cáritas parroquiales, así como sacerdotes, comunidades de religiosos y religiosas y proponernos que sigamos prestando toda la ayuda asistencial, desde nuestras posibilidades humanas y materiales, a los inmigrantes, nos sugiere a  toda la comunidad cristiana seguir desarrollando esta tarea asistencial desde nuestra identidad cristiana, es decir como una acción “inspirada en la fe y como compromiso de caridad cristiana” y nos insta a seguir desarrollando toda esta tarea a partir de las orientaciones  que los Obispos de la provincia eclesiástica de Granada ha elaborado en el extenso documento “La Pastoral de Inmigrantes en nuestras Iglesias Diocesanas. Orientaciones pastorales” (Granada 2004)

Este último documento, a lo largo de sus cincuenta y cuatro páginas, recogiendo todo el rico material de lo ya aportado por el Magisterio de la Iglesia, tanto el pontificio como el episcopal,  trata de responder a cuestiones como estas:  ¿Cuáles son los principios básicos de una pastoral de migración?, ¿cómo se justifica?, ¿a quién se dirige?, ¿qué objetivos plantea?, ¿en qué programas se estructura?, y ¿cómo se concreta en las Diócesis y en sus vicarías, arciprestazgos y parroquias?

La experiencia de los que han reflexionado y han orientado sus acciones de cara a la situación de la inmigración e nuestra realidad a partir de estas Orientaciones pastorales, que de alguna manera son fruto de experiencias anteriores en las distintas diócesis,   ha confirmado el acierto de estas propuestas  y nos está ayudado a afinar las líneas maestras que deben orientar la acción pastoral con los inmigrantes en nuestras Diócesis. Como un simple botón de muestra valga el objetivo fundamental que el actual Secretariado Diocesano para la pastoral de las Migraciones, se ha propuesto: “La evangelización del mundo emigrante. Ofrecer al inmigrante la misma solicitud pastoral que se presta a cualquier otro colectivo, evitando convertir la pastoral de los inmigrantes en una pastoral marginada para marginados. Caminar con el inmigrante en su proceso de integración en la vida de la comunidad cristiana” (pg. 127), teniendo en cuenta que las Orientaciones Pastorales de los Obispos, cuando se nos dice: “El cuidado de los inmigrantes es una acción estrictamente pastoral, por lo que la Iglesia y sus instituciones han de preocuparse por el inmigrante como un hombre que tiene sus derechos y como una persona a la que hay que anunciarle el Evangelio que le da la salvación, y atenderlo, si fuera cristiano, como cualquier otro fiel de sus pueblos y ciudades” (pg. 19).

A la hora de distribuir responsabilidades sobre la puesta en marcha de esas orientaciones, el mismo Documento nos habla de los agentes más directos de esa pastoral que han de ser  el Obispo, los sacerdotes, el Secretariado Diocesano, Cáritas , la Parroquia, las comunidades de vida consagrada y los laicos, los movimientos apostólicos y las instituciones de caritativas y sociales (pgs 28-35). Estas  personas, organismos e instituciones y  las demás entidades - que componen la Curia Diocesana, especialmente la Vicarías Episcopales - y entre ella la de Asuntos Sociales- , y las Delegaciones Episcopales-  especialmente las de Ecumenismo y Misiones-   debe constituir un verdadero cuerpo de animación pastoral diocesana. De  todos ellos depende, en gran parte, la acción evangelizadora de la Iglesia local, pues son los encargados de recoger las disposiciones emanadas de la Santa Sede, de

la Conferencia Episcopal y del obispo y su Consejo Episcopal. Es su cometido hacerlas llegar a toda la diócesis, arbitrando los instrumentos necesarios para una labor apostólica eficaz, orientando sobre la aplicación de la normativa y siguiendo el desarrollo de los distintos programas pastorales”.

Todos ellos, pero de una forma especial, el Secretariado Diocesano para las Migraciones,  han de ayudar al Obispo a llevar a cabo la acción pastoral de la Diócesis. Su cometido es impulsar y garantizar la presencia de dimensiones fundamentales en la vida y misión de la Iglesia diocesana. Su fin es servir, facilitar y promover, animando desde su tarea específica, la realización del Plan pastoral, haciendo que sus propuestas estén debidamente conjuntadas y coordinadas, para servir y no agobiar, pero tampoco dejar de urgir, la acción de las parroquias y arciprestazgos.

Es decir y resumiendo, se reconoce que la responsabilidad es de toda la Diócesis. Así lo afirma, también cuando dice: “La misión con los inmigrantes es propia de todo el pueblo de Dios. Cada cristiano ha de estar dispuesto a ser testigo de Cristo en medio del mundo en el que vive, ser signo para los hombres de cerca y de lejos, del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (pg. 24-25).  Es, con otras palabras, lo mismo que nos decía su Santidad el Papa  Juan Pablo II en el  discurso a la asamblea plenaria del consejo pontificio para la pastoral de los emigrantes e itinerantes “La confrontación con la realidad actual de las migraciones insta a las comunidades cristianas a un renovado anuncio evangélico. Esto interpela el compromiso pastoral y el testimonio de vida de todos:  sacerdotes, religiosos y laicos” [1].

Y no puede ser de otro modo, puesto que la pastoral de migraciones, es pastoral del mundo del trabajo, familiar, juvenil, socio-caritativa, es catequesis, es liturgia, voz profética, plegaria, es comunión parroquial, catolicidad, conversión... Por eso no puede ser monopolio de ningún grupo  de la diócesis o de la parroquia sino que afecta, de un modo u otro, a toda la vida de la comunidad eclesial  (los inmigrantes pueden ser niños de catequesis, agentes de pastoral, usuarios de cáritas, enfermos, miembros del grupo de liturgia, feligreses asiduos, solicitantes de servicios esporádicos...). Por ello creo que esta tarea debe ser respaldada por los consejos pastorales parroquiales y trabajado en los distintos grupos, cada uno desde el ámbito que le corresponde.

No negamos la fuerza que, como semilla de mostaza o como levadura de la masa [2], puedan tener las iniciativas de los pequeños grupos dentro de diócesis o de una parroquia, pero todo esto no obsta para que un Secretariado Diocesano de Pastoral de Migraciones, deba tener la función primordial de dar pistas para la reflexión, animar a la acción, favorecer la evaluación y, sólo en algunos programas, organizar y sostener servicios específicos de intervención, al servicio de la Diócesis.

Una vez asumido, que es tarea de todos los cristianos, aunque coordinados por un organismo diocesano, esta misión eclesial, para esta acción pastoral con el mundo de la inmigración sea realmente efectiva y auténticamente realizada desde nuestra identidad cristiana, tendremos que saber combinar dos principios básicos: por un lado la buena voluntad, que casi nunca nos falta cuando contemplamos la situación de estos hermanos, especialmente de los que están más marginados y, por otro lado,  la capacidad de reflexión, lo que vulgarmente llamamos el sentido común, porque  allí donde abunde la caridad debe  sobreabundar el discernimiento.

El  mismo Evangelio, que en muchos pasajes, es maravillosamente providencialista [3], también nos invita a ser realistas: antes de ir a la guerra o construir una casa hay que sentarse para hacer números [4]. Hay que planificar no sólo de acuerdo con las necesidades sino también con nuestras posibilidades para ir dando respuesta al fenómeno de las migraciones en nuestra Diócesis.  Y en este punto conviene hacer un planteamiento realista, no se trata de solucionar el mundo. Más bien es un trabajo de ir cuidando detalles para que nuestra iglesia sea un espacio de acogida y un signo de integración fraterna

En toda tarea pastoral, también en esta,  hay dos actitudes que resultan igualmente anti-evangélicas: la angustia porque no podemos solucionar todos los problemas o por pensar la solución de todos los problemas que puedan plantearse, depende de nosotros,  puesto que, en ese caso estamos olvidando que  no somos los amos de la viña del Señor,  sólo somos trabajadores invitados[5] y la indiferencia y mezquindad a la hora de asumir responsabilidades,  ya que –siguiendo el símil de la viña-  no somos arrendadores sino hijos del amo [6] y por tanto, comprometidos como el Hijo, en la hermosa tarea de haber nacido a la fe, no para ser servidos, sino para servir y dar nuestra vida por la salvación de nuestros de nuestros hermanos [7]

Por eso en toda misión eclesial, pero especialmente cuando se trata de acciones, a las que hemos llamado socio-caritativas, no sé si bien o mal, pero todos nos entendemos en ese lenguaje, y la pastoral de las migraciones tiene esa doble vertiente de ser una acción evangelizadora, pero en muchos casos, tristemente, meramente asistencial-caritativa, las buenas intenciones pueden llegar a ser contraproducentes cuando no van acompañadas de una buena  reflexión y discernimiento.

No estamos frente a una tarea simple, esta pastoral es casi un trabajo de equilibrista. La reflexión y la oración, no sólo personal, sino especialmente comunitaria,  nos pueden ayudar a saber guardar el equilibrio -que no tiene nada que ver con el miedo, ni por supuesto con la comodidad-   entre distintas opciones que esta nueva realidad social nos plantea en nuestra tarea pastoral, que se manifiesta en tener que tomar preferencias:

• entre la acción social y la acción política

• entre la suplencia de la administración pública y la derivación

• entre la legalidad y la justicia

• entre el respeto a la identidad cultural y la integración

• entre la pastoral de conjunto y la pastoral específica

• entre la promoción social y el crecimiento espiritual

• entre la riqueza carismática de los distintos grupos diocesanos y la necesaria coordinación eclesial.

• entre la relación de ayuda y la conversión personal y comunitaria.

• entre el derecho a emigrar y el derecho a no emigrar.... [8]

Para la sobreabundancia de ese discernimiento “nuestras comunidades –indica las Orientaciones Pastorales- necesitan espacios para la reflexión que les ayude a asumir el futuro pastoral. Esta nueva situación requiere formación; la Iglesia posee recursos  educativos y formativos suficientes para formar a las comunidades” ( pg.25). Para esto el Obispo ha de tener una especial sensibilidad y una preocupación para que haya una formación adecuada para sacerdotes, seminaristas y colaboradores laicos. Preocupación que han de hacer suya los sacerdotes en las comunidades a ellos encomendadas (pg.25).Una buena formación debe partir de un conocimiento de la realidad, no supuesta ni imaginaria, sino confirmada con datos fiables, como acabamos de oír en la exposición anterior.

Hoy día podríamos decir que en nuestra diócesis, las acciones en favor de los inmigrantes, realizadas desde ámbitos eclesiales  son innumerables y variadísimas, aunque  no es fácil dar una información exhaustiva sobre la labor de los distintos grupos de la diócesis en materia de pastoral de migraciones. Algunas iniciativas, muy valiosas, están estructuradas, como las  propuestas por Cáritas Diocesana, Secretariado Diocesano para las Migraciones, Delegación Episcopal de Ecumenismo, Comunidad de los Misioneros de África...,  mientras otras  se desarrollan dentro de la dinámica cotidiana de las parroquias, comunidades de  religiosos y religiosas, cáritas parroquiales, grupos de laicos comprometidos...  También hay numerosas acciones de carácter muy local o sin continuidad en el tiempo.

Aun siendo consciente de todas estas limitaciones, puedo decir que se pueden detectar en la   panorámica de la pastoral diocesana de migraciones estas acciones, -aunque, seguramente, me olvido de algunas-: primera acogida y atención primaria individualizada, recabar datos acerca de la situación actual de las personas inmigrantes, orientación y  asesoramiento legal, acciones de incorporación a la vida social,  con el  acompañamiento, aprendizaje de la lengua y cultura española, promoción sociolaboral, Campaña Día de las Migraciones, encuentros de reflexión orientados a la prevención de actitudes xenófobas, labor de reinserción en el mundo de la prostitución y de los encarcelados, charlas y difusión de materiales didácticos, facilitar encuentros de los inmigrantes, sean católico o no católicos, con Dios y potenciar el diálogo interreligioso y ecuménico, formación de voluntariado, denuncia de situaciones de injusticia y anuncio de los valores del Reino, presencia en los medios de comunicación social,  encuentros de reflexión, convivencias, romerías, celebraciones festivas, catequesis, ayudas económicas, , talleres de reinserción laboral...  

A este panorama que, en su conjunto puede parecer optimista habría que hacerle algunas observaciones, porque muchas de estas acciones están centralizadas en los principales núcleos urbanos de nuestra geografía,  cuando la realidad de la  población inmigrante de la provincia se está manifestando también en pequeños núcleos de población,  donde difícilmente se puede dar una respuesta pastoral adecuada, dada la ausencia o carencia de sacerdotes, de comunidades religiosas y de laicos que puedan asumir una tarea específica en este campo.

Además, habría que añadir que, aunque es cierto que se despliega una gran actividad, no es menos cierto que no está  suficientemente coordinada. El Secretariado Diocesano de para las Migraciones –y de esto soy testigo-  apenas recibe información de muchas iniciativas locales y los objetivos pastorales propuesto, yacen con el conjunto de todo el plan diocesano de pastoral y con el documento de los Obispos de la provincia eclesiástica  olvidados, en algunas estanterías parroquiales. Falta también consolidar en el Secretariado Diocesano unos agentes de pastoral, representantes  (sacerdotes, religiosos o religiosas  y seglares) de todas las vicarías o arciprestazgos.

Porque,  ante la multiplicidad de esas acciones, aunque sean más posibles en los núcleos urbanos más importantes, una buena   pastoral diocesana – y esto hade ser tarea del Secretariado Diocesano (pg. 30)- debería cuidar que se diera una cobertura equilibrada de todas estas acciones, garantizar que se trabaje con criterios comunes, que la dedicación de personas y recursos materiales sea adecuada... Porque no basta con que las parroquias y los distintos grupos realicen todas esas múltiples acciones. Todo este trabajo, con distintos estilos, desde diversos lugares, tiene que estar entroncado, coordinado, responder a criterios comunes y vivir con la clara conciencia de que esto es trabajo de comunión, cohesión y evaluación.

Y, precisamente, a la hora de evaluar, nunca deberá olvidar que en esas acciones hay que hacer un discernimiento, desde este principio que nos presentan las Orientaciones Pastorales, haciéndose eco del Mensaje del Papa para Jornada mundial de las Migraciones del año 2002,  “La labor asistencial y social de la Iglesia para con los inmigrantes ha sido muy importante y lo ha de seguir siendo. La caridad para con los más necesitados es una exigencia que brota de la misma fe, se evangeliza sirviendo. El servicio de nuestra caridad, sin embargo, no puede limitarse a la mera distribución de ayudas humanitarias. ‘Junto con el pan material, hemos de ofrecer el don de la fe, especialmente a través del propio testimonio existencial y siempre con gran respeto a todos’” (pg.26). Porque la tarea  evangelizadora y caritativa (aunque sé que es una redundancia) en el campo de la inmigración no se puede ceñir a la  sola prestación de servicios a un colectivo marginal...

La parábola que debemos tener de  referencia no es la del buen samaritano –en algunas ocasiones sí, como también con otros hermanos que no son inmigrantes y que están malheridos al borde del camino de la vida [9]-, sino que han de estar más presentes en nuestra reflexión, las otras parábolas  del hombre que encuentra la perla [10]  o la de los invitados al banquete del reino [11]. El fenómeno migratorio es un “tiempo de gracia”, una nueva presencia de Cristo. Tenemos la oportunidad de seguir construyendo una sociedad más justa y una iglesia más acogedora. Una historia ilusionante en la que autóctonos y forasteros, desde lo común y lo diverso, podemos, realmente, enriquecernos los unos a los otros, sentándonos todos en la casa común de los hermanos, donde el Señor nos ha invitado a todos los que andemos por cualquier camino de la vida, sean de Oriente o de Occidente, del Norte o del Sur [12],  y sean cuales sean nuestras características o deficiencias.

A estas alturas, después de años de recorrido, no se trata de descubrir lo que ya es evidente: El Padre Dios se ha puesto del lado de nuestros hermanos más necesitados, como los últimos invitados al banquete, que en realidad son los primeros en ocupar los puestos, entre ellos los  inmigrantes,  descalificando cualquier tipo de discriminación a causa de la raza o de la procedencia. Lo que se oteaba en el antiguo testamento: “Al forastero que reside junto a vosotros lo miraréis como a uno de vuestro pueblo y le amarás como a ti mismo” (Lev 19,34) se ha hecho  realidad en Cristo, el que desde el cielo  al mundo a estar entre los suyos, aunque muchos de los suyos no lo recibieron [13], pero él se ha hecho  “nuestra paz, el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad” (Ef 2, 14)

Desde ese discernimiento podremos suplir las carencias y evitar las deficiencias que puedan estar dándose, como puedan ser la inadecuación de las respuestas pastorales a las necesidades del hecho inmigratorio,  el desequilibrio en la balanza pastoral entre la atención social y la atención espiritual, la repetición y abundancia de algunas ofertas y programas de y la  inexistencia de otros, falta de armonía en los criterios que deben caracterizar la acción pastoral, actividades inconexas, desconocimiento de los recursos diocesanos, desvinculación de la pastoral de conjunto, sobrecarga de trabajo de los agentes de pastoral, falta de apoyo comunitario...

Muchas veces nuestras deficiencias pastorales en este campo vienen impulsadas, entre otros motivos, por una visión de  los inmigrantes como pobres e indigentes –que en bastantes casos lo son-, pero humana y sociológicamente es más exacto considerar visionar a los inmigrantes como trabajadores o como ciudadanos.  Y esto no es  una sutileza ideológica, porque afecta profundamente las actitudes, prejuicios y posicionamientos personales y sociales ante este colectivo y afecta también a nuestra postura caritativa y evangelizadora, a la hora de su integración, de su consideración, de nuestro acercamiento y de su presencia en nuestras comunidades cristianas. 

Porque el meollo no está tanto en la acción –que es ineludible-,  sino en la conversión. No se trata de disparar mucho... sino de apuntar bien. No es razonable multiplicar el número de actividades, si, a la vez,  no caminamos en un  proceso de conversión comunitaria para facilitar que, en la vida de nuestras comunidades, exista una sensibilidad evangélica e integradora hacia las personas inmigrantes. Esta sensibilidad sin duda, habrá que concretarla en diversas actuaciones concretas, a veces forzosas e inexcusables, que  produzcan sus frutos, apara que viendo nuestro buen hacer, las gentes “den gloria a nuestro Padre que está en los cielos.” [14]

También es preciso señalar que,  en nuestro encuentro con los inmigrantes, fácilmente se deslizan algunas tentaciones sutiles que pueden deformar la labor pastoral y convertirla en un triste pastoreo, cuando establecemos una relación donde siempre son ellos los que tienen que ser ayudados, quedando al margen nosotros de cualquier interpelación;   limitando la acción pastoral a celebraciones litúrgicas o  convivencias y festivales culturales puntuales, o creyendo que son ellos los que, para integrarse tienen que olvidar sus costumbres y actuar como nosotros; creando situaciones de dependencia económica o afectiva; favoreciendo actividades que  fomentan la formación de guetos...

Una realidad palpable que no puede olvidarse en nuestra Diócesis es que, en gran parte, los cristianos comprometidos en esta tarea  no tienen una formación adecuada y que muchos de ellos están dedicados a un “pluriempleo pastoral” que resulta agotador. En ocasiones, también se percibe falta del necesario apoyo comunitario y desconocimiento de los recursos diocesanos  generando situaciones de cierta angustia personal.

Por supuesto que si queremos hacer una valoración podríamos darle una nota progresión en la pastoral de migraciones en la Diócesis,  pero quizá lo que nos falte sea añadir a ese “progresa” el “adecuadamente”, porque hay que partir del reconocimiento de los muchos  logros que se han venido realizando, partiendo de la buena voluntad caritativa de bastantes cristianos,  pero, analizadas las carencias, tenemos que ser conscientes de que no somos ya la “iglesia triunfante”, sino la “iglesia peregrina”. Por lo tanto, lo adecuado es seguir avanzando.

Y para que no todo dependa de nuestra buena voluntad –con la que siempre hay que contar- sino también de nuestro discernimiento para ser más eficaces en esta tarea, eminentemente evangelizadora, el documento de nuestros Obispos, podríamos decir, se convierte en señales  y pistas de orientación segura, para seguir ese camino de progreso que llegue a ser no sólo más adecuado, por ser respuesta a las verdaderas necesidades de los inmigrantes, sino, a su vez, también realizado desde la verdadera misión que nos encomendó el Señor, cuando nos envió a ir por el mundo entero, anunciando el evangelio, aunque en este caso sea anunciarlo, no yendo nosotros a sus lugares o países de origen, sino acercándonos a los que están viniendo desde todo el mundo a nuestra cercanía [15].

No he querido, en esta reflexión, adentrarme en los pormenores de  analizar una por una todas iniciativas y propuestas pastorales, recogidas de las Orientaciones Pastorales de nuestros Obispos, por dos motivos, creo que justificados. El primero porque sería una repetición de los estrictamente recogido en el Documento y lo segundo, porque esto pudiera servir como una posible excusa para no leer y reflexionar, personal y comunitariamente,  dicho Documento, y asumir, así sus indicaciones. Tarea que  insto encarecidamente que se realice en todos los grupos de nuestra realidad eclesial más viva y dinámica, empezando por las mismas comunidades parroquiales.

Casa de Espiritualidad de Aguadulce

12. Febrero del 2005


 

[1] Discurso a la asamblea plenaria del consejo pontificio para la pastoral de los emigrantes e itinerantes. nº 2. Roma, 18 de mayo de 2004

[2]  Cfr. Mt. 13, 24-33

[4] Ahora bien, si uno de vosotros quiere construir una casa, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? Para evitar que, si echa los cimientos y no puede acabarla, los mirones se pongan a burlarse de él a coro diciendo: "Este empezó a construir y no ha sido capaz de acabar". Y si un rey va a dar batalla a otro, ¿no se sienta primero a deliberar si le bastarán diez mil hombres para hacer frente al que viene contra él con veinte mil? Y si ve que no, cuando el otro está todavía lejos, le envía legados para pedir condiciones de paz. (Lc 14, 25-33)

[5] Cfr. Mt. 20,1-7

[6] Cfr. Mc 12,1-11

[7] Cfr. Mc 10,45

[8]  Plan Pastoral Diocesano de Migraciones. Secretariado Diocesano. Diócesis de Orihuela-Alicante.

[9] Cfr. Lc 10, 25-37

[10]  Cfr. Mt 13, 44- 46

[11] Cfr. Mt 22, 1-14

[12] Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios.
 Hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos. (Lc 13,29-30)

[13]  Jn 1, 11-12

[14] Cfr. Mt. 5,16.

[15] Cfr. Mc 16,15